Según la teosofía de la Carnis Templi Ordo (CTO), la experiencia humana se estructura a través de tres registros fundamentales: Los Estratos del Ser (Trium Strata). Estos tres registros no son planos separados de existencia, sino dimensiones interdependientes que, al entrelazarse, configuran la trama de la subjetividad.
La CTO recoge y reinterpreta estos registros, encontrados dentro de los manuscritos que conforman el Carnis Liber, bajo su propia ontología carnal, reformulándolos como los tres ejes que articulan la práctica mágica y la experiencia de la Nueva Carne. Así, el Carnis Liber defiende que todo aquello que se interpreta, percibe y se procesa mentalmente, ya sea del entorno externo del sujeto como de su propia reflexión interna, es total y absolutamente subjetivo, individual e intransferible.
Los Tres Estratos del Ser que se revelan en el Carnis Liber muestran una perspectiva del funcionamiento mágico (tanto de magia mayor como de magia menor) que expone cómo el Oficiante percibe el escenario mágico y lo interpreta, con el fin de lograr unos resultados más efectivos.
Los Tres Estratos del Ser se componen de:
– Šaĝ-Gu (Stratum Visus): El Espejo mutable de la Carne
Este estrato corresponde a las imágenes, las identificaciones y las proyecciones. Se trata, de un modo simplista, de aquello que se percibe y se puede percibir y que, por consiguiente, es susceptible de ser recogido por los sentidos. De este modo, el Šaĝ-Gu se refiere a cómo se contemplan las formas sensoriales de uno mismo y de los otros. Es el dominio donde opera Hul-nam-hul, entidad del Sensus Dominium, que rige la percepción, la sensación y el artificio de la apariencia.
–Me-Šita (Stratum Lexis): El orden del lenguaje y del límite
El Me-Šita abarca el ámbito del lenguaje, la ley y la estructura. Es lo que introduce el límite en la experiencia, lo que nombra, clasifica y define. A través de la palabra, el ser humano se inscribe en una red de significantes que lo antecede y lo trasciende. El sujeto nace dentro de un código (ya sea de lenguaje oral o escrito, de gestos o de los mecanismos para interpretar los mismos), pero también se pierde en él: comunicar es existir, pero al mismo tiempo quedar marcado por lo que se comunica. El hecho de comunicar o expresar determinados estados o planos de la percepción provoca que estos pierdan su verdadera naturaleza pura. No es posible traducir aquello que se piensa de modo íntegro. El pensamiento es un lenguaje con su propio código. Esto provoca que la conversión al lenguaje de aquello que se percibe genere una adulteración en cuanto a la percepción inicial (Šaĝ-Gu) que ha tenido el sujeto. Asimismo, esta pérdida de pureza ocurre con los sentimientos y emociones que jamás pueden ser descritos con la misma exactitud con la que son vividos. El quebranto, por consiguiente, es doble. No solo se deforma cuando la percepción se traduce al código lingüístico, sino que el mismo pensamiento, el procesamiento mental y su gestión, provocan una segunda deformación. Este fenómeno provoca, irremediablemente, que se produzca una pretraducción al pensamiento del concepto que posteriormente se quiere exponer o explicar.
Al operar dentro del Me-Šita no se utilizan meras palabras, gestos o signos, sino significantes carnosos (puesto que pueden ser escritos y hechos materia), vibraciones inscritas en el cuerpo y en el mundo.
El Me-Šita constituye el lenguaje de los Esquemas, la estructura que permite que la carne se ordene, que el entorno se inscriba y que la voluntad se traduzca en acción ritual a través de palabras, símbolos y gestos. El Me-Šita conforma la trama del signo que sostiene la arquitectura mágica de los Dominios. Los Esquemas correspondientes a los siete dominios se rigen por este estrato del ser.
–Nam-Tukul (Stratum Transcarnale): Más allá de la carne
Corresponde al tercer y último estrato del ser. Es donde la carne deja de ser carne: es el espacio donde opera la magia. Abarca lo que no puede ser dicho ni puesto en signo, donde la traducción del Me-Šita falla. Es el estrato que no admite palabra, forma, ni código. En el Nam-Tukul la carne se olvida. Es previo a toda constitución, el útero de lo indeterminado. Este estrato no es accesible por medios ordinarios, solo por la vía mágica, dada su imposibilidad de representación.
De este modo, el Nam-Tukul es aquello que no puede ser simbolizado, ni percibido, ni imaginado. Es el núcleo imposible que resiste toda representación y traducción. Es lo que el lenguaje no puede apresar, lo que siempre escapa. El Nam-Tukul no puede ser pensado, pero puede ser sentido: es la perturbación del Oficiante cuando el rito toca la frontera entre el símbolo y la nada, provocando la magia.
En el Nam-Tukul, la Magia Novae Carnis se aproxima a su esencia más profunda: toda significación nace del intento de bordear lo irrepresentable, de traducir sin poder decir. El Oficiante sabe que no puede poseer aquello que no puede ser interpretado, pero puede rozarlo con el acto ritual, con la forma efímera que enseña la magia. Los Siete Dominios del Haz Negro corresponden al estrato del Nam-Tukul.
Así, la Magia Novae Carnis enseña que el Oficiante debe transitar los tres planos para alcanzar la autodeificación y comprender y operar en los mismos para realizar la práctica mágica. Permanecer en el Šaĝ-Gu es vivir en la ilusión. Permanecer en el Me-Šita es disolverse en el signo. Permanecer en el Nam-Tukul es enfrentarse con el abismo.
Solo quien integra los tres estratos, quien une imagen, palabra y vacío, puede afirmar haber comprendido la carne.


