En la teosofía de la CTO, toda creación humana, en lo que al ámbito transhumanista se refiere, es un intento de prolongar la carne más allá de sí misma. El Oficiante, cuando manipula la materia o la energía, no busca trascender su naturaleza, sino comprenderla en su límite: ese umbral donde la carne se reconoce como maleable, pero nunca sustituible. Algo más allá de lo materialmente existente, con el fin de mejorar y crecer. En este sentido, el mito del Moderno Prometeo o Frankenstein constituye una de las más nítidas parábolas del impulso transhumano: el deseo de ir más allá de la vida a través de la técnica, sin comprender que toda técnica es, en sí misma, una extensión de la carne.
El doctor Victor Frankenstein no crea vida, la reconfigura. No da origen al ser, sino que rearticula fragmentos, trozos dispersos de un cuerpo que fue, o que pudo haber sido. Su criatura no es monstruosa por su forma, sino por su desajuste simbólico: es un cuerpo que ha sido ensamblado sin correspondencia entre su Me-Šita (que no es otra cosa que la estructura simbólica que otorga sentido, es decir, lo simbólico en términos lacanianos) y su Nam-Tukul, la fuerza de lo real que lo habita (o lo real en términos lacanianos).
Del mismo modo, el Hombre de Hojalata de la obra original de L. Frank Baum representa otro rostro del transhumanismo, pero desde su arista paradójica. No es un creador de cuerpos, sino un cuerpo que se rehace a sí mismo, miembro a miembro, hasta que de su humanidad inicial sólo queda la memoria. El leñador, víctima de una maldición, sustituye cada parte perdida por una pieza metálica, y al final se descubre completamente transformado: sin carne, sin sangre, sin latido.
¿Sigue siendo el mismo hombre? La pregunta es análoga a la paradoja del barco de Teseo: si cada tabla, cada clavo, cada fragmento es reemplazado, ¿Dónde reside la identidad? ¿en la materia, en la forma o en la continuidad simbólica?
Para la CTO, la respuesta no puede hallarse en la ontología material, sino en la estructura carnosimbólica. La carne no se define por su composición biológica, sino por su capacidad de sentir, significar y ser significada. Si el cuerpo del Hombre de Hojalata conserva aún un eco del deseo (de Nam-Tukul), entonces su carne, aunque de metal, sigue siendo carne o materia.
Pero si, en su reemplazo perfecto, suprime el deseo y alcanza la supuesta pureza de la eficiencia absoluta, sin la presencia de Nam-Tukul, entonces ya no hay carne, sino máquina: una forma que imita la vida, pero sin sensus, sin el pulso interno que otorga valor a la existencia.
El transhumanismo, desde la mirada de la CTO, no debe ser comprendido como una amenaza ni como una promesa de redención tecnológica, sino como una nueva forma del antiguo impulso mágico: la búsqueda de prolongar la experiencia del ser más allá de sus límites naturales. Sin embargo, el Oficiante advierte: toda extensión requiere un sacrificio, toda mejora conlleva una pérdida. La evolución no es lineal, sino dialéctica.
El cuerpo aumentado no es más libre; sólo es más complejo. Y cuanto más se distancia de su fragilidad originaria, más se acerca al silencio del metal, al vacío del reflejo que ya no devuelve rostro alguno.
Así, Frankenstein, el Hombre de Hojalata y el barco de Teseo son espejos del mismo dilema: ¿Qué se preserva cuando se sustituye lo humano?
La CTO sostiene que lo único irreemplazable es la experiencia carnal del límite. La carne (sea orgánica o artificial) sólo es válida en tanto se reconoce como imperfecta, incompleta, destinada a desgastarse. Allí radica su potencia mágica: en su precariedad.
La paradoja del Oficiante transhumano no es distinta de la del leñador ni del científico: ambos buscan eternizarse, pero sólo lo logran cuando aceptan que la eternidad no se alcanza a través de la sustitución, sino del acto consciente de transformación. La carne no se supera: se reescribe, se reconfigura, se ofrenda al flujo del devenir. Y mientras exista el Nam-Tukul (y ese eco de Hul-nam-hul, en el Sensus Dominium), incluso el metal puede sangrar.


