La existencia de grupos, órdenes y comunidades es un fenómeno inherente a la naturaleza humana. No podía ser de otra forma, ya que el ser humano, biológicamente, es un ser social y necesita la interacción con otros, como otros tantos mamíferos. De este modo, allí donde hay afinidad espiritual, filosófica o ideológica, surge la tendencia a converger. Sin embargo, esta misma tendencia, cuando se desvía de un marco propicio y satisfactorio para la persona, hacia una estructura rígida y adoptada sin cuestionamiento, puede tornarse en un mecanismo de control y pérdida de autonomía.
Existe mucha literatura, mitos y falsas creencias sobre las sectas. El fenómeno sectario no es algo oscuro, marginal u oculto. Ocurre desde hace siglos, sigue ocurriendo y seguirá ocurriendo en contextos cotidianos. Las sectas no siempre emergen en un ámbito underground o secreto. Están presentes en la sociedad y afectan a todo tipo de personas, independientemente de aspectos socioeconómicos o culturales.
Las sectas son grupos que pueden manifestarse de múltiples maneras: Desde el manido y estereotípico grupo esotérico-religioso-magufista, hasta en modo de academias, centros deportivos, asociaciones culturales, agrupaciones políticas e ideológicas, ONGs, movimientos religiosos, redes de negocios, grupos de yoga, de crecimiento personal y centros de terapias (sobre todo alternativas).
La atención a las sectas y a las dinámicas grupales resulta, por ello, imprescindible para cualquier sistema que promueva la autodeterminación individual, como ocurre en los grupos del LHP, en general, y en el Carnis Templi Ordo (CTO), en particular.
¿Qué es una secta? Distinción necesaria
Antes de adentrarnos en el debate o reflexión sobre las sectas en general y la pérdida de individualismo en particular, es necesario delimitar el concepto de “secta”.
El término “secta” no es, en sí mismo, negativo. Designa simplemente un grupo cohesionado en torno a una doctrina, una espiritualidad o una práctica específica. Muchas religiones, escuelas filosóficas, colectivos iniciáticos o fraternidades podrían clasificarse técnicamente como sectas sin que ello implique daño alguno.
El problema aparece cuando surge lo que la literatura moderna y el estudio de comportamientos de grupo denomina “secta destructiva”. Este tipo de agrupaciones se caracterizan, no por lo que creen, sino por cómo operan. En este sentido, una secta destructiva es aquella que, entre otras cosas:
-Ejerce control directo o indirecto sobre la conducta individual.
-Restringe el pensamiento crítico.
-Exige obediencia por encima del criterio personal.
-Sanciona el disenso, la duda o la autonomía.
-Basa su cohesión en el miedo, la culpa o la manipulación emocional.
-Concentra el poder en una figura de autoridad no cuestionable.
-Exige inversión excesiva de tiempo, recursos o esfuerzos a sus miembros.
Y lo más importante: anula la voluntad del que pertenece a ella. El sectario pierde su identidad propia a favor de una identidad grupal total.
Otro punto fundamental para reconocer a una secta, es el evidente y ya conocido por todos: Las sectas gustan de demandar bienes materiales. Es decir, que piden perras.
Como se expone, el daño o peligro, no reside en reunirse o en abarcar y compartir una u otra creencia o dogma, sino en renunciar a la capacidad de decidir.
Desde la perspectiva de la CTO, este es precisamente el inicio de la muerte de la carne individual, entendida como la pérdida de agencia, deseo y voluntad personal.
Reconocer una secta: señales tempranas y mecanismos habituales
Es importante que todo aquel que esté interesado en compartir inquietudes y opiniones y decida formar parte de un grupo, tenga en consideración algunas señales de que esa sociedad es o no una secta. En este sentido, señalar que las sectas no son siempre fáciles de detectar y el hecho de que ejerzan su maniobra poco a poco, muy paulatinamente, puede hacer que la víctima no sea consciente ni de que pertenece a una secta destructiva ni de la pérdida de su identidad.
Por ello, es necesario conocer lo que la psicología social y la experiencia histórica coinciden en señalar como una serie de patrones que facilitan la detección temprana de estructuras destructivas sectarias. Algunas de las más básicas son:
-Exigencia de exclusividad. Toda organización que demande que la pertenencia a ella sea prioritaria sobre la familia, el trabajo o el propio criterio, desplaza la identidad individual hacia una identidad grupal. En el ámbito del LHP es frecuente que, para ingresar en la Orden pidan exclusividad en la misma.
-Jerarquías rígidas no justificadas. El líder o líderes no pueden ser cuestionados. No existe transparencia ni mecanismos saludables de crítica o renovación. Es decir, todo aquello que diga el líder, no puede ser discutido y no hay opinión o punto de vista diferente al suyo que sea válido.
-Doctrina no revisable. Los textos, enseñanzas o mandatos del grupo se consideran infalibles, impidiendo el crecimiento, la discrepancia y la adaptación. En una secta destructiva, lo que no se prohíbe es obligatorio.
-Ritualismo obligatorio. Las prácticas rituales (pueden ser actividades como retiros, prácticas de ejercicios o tareas similares) de una secta destructiva, que deberían ser optativas, se transforman en requisitos para obtener aceptación o avanzar en la estructura interna. Si no se acude o se realizan hay una sanción, ya sea social dentro del grupo (humillación, sentido de culpa…) o de otra índole (como económica o por compensación con otra tarea, por ejemplo).
-Presión grupal. El miedo al rechazo, la desvalorización o la expulsión del grupo se usa como herramienta para anular a la víctima y actúa como mecanismo de obediencia silenciosa.
-Dinámicas de aislamiento. La víctima comienza a perder contacto con referentes externos, adoptando únicamente los valores del grupo. Asimismo, se le insta, directa o indirectamente, a que se aleje de su círculo de amistades o de la familia si no forman parte del grupo.
-Interpretación sesgada del miedo, vergüenza y culpa. Todo cuestionamiento que un miembro muestre sobre el grupo es atribuido a debilidad personal. Toda duda es interpretada como traición. Esto refuerza una sensación de culpa que afianza los lazos con el grupo: “Lo estás haciendo mal”, “Eres un mal ejemplo del grupo y perjudicas a tus hermanos”, “Como sigas por ese camino acabarás…”, “No has tenido la voluntad (coraje, fuerza…) para hacer…” “Tienes la culpa de que…”.
Todos estos elementos actúan de forma acumulativa y progresiva. El sometimiento nunca aparece como una imposición frontal, sino como una habituación paulatina que la víctima experimenta como elección propia.
La paradoja del LHP: Grupos que destruyen el individualismo
El Sendero de la Mano Izquierda (LHP) promueve, en sus bases, la afirmación del individuo frente a cualquier estructura externa. Sin embargo, en multitud de órdenes del LHP aparece una contradicción fundamental: Predican el individualismo mientras exigen obediencia.
De este modo, se pone en práctica una dinámica que lejos queda del desarrollo del individualismo: El lema “Non Serviam” se transforma en obediencia selectiva, el discurso librepensador convive con jerarquías férreas, las “pruebas iniciáticas” actúan como mecanismos de control más que como herramientas de crecimiento, la pertenencia se convierte en una trampa afectiva donde la identidad se diluye en la del grupo. El individualismo se invoca, pero no se practica.
En tales contextos, el adepto deja de ser individuo para convertirse en engranaje. La paradoja es evidente: lo que se presenta como liberación puede terminar reproduciendo los mismos mecanismos de sumisión del camino de la mano derecha de los que se pretendía trascender.
¿Por qué se cae en estas dinámicas?: La conformidad como motor oculto
El desconocimiento de los conceptos que tratamos, la falta de experiencia de interactuar en grupo, o determinadas formas de ser o personalidades que se dejan llevar o que son poco críticas, pueden ser motivos de caer en estas dinámicas. Pero existe un elemento común y necesario que provoca que el individuo se vea absorbido por una secta destructiva: La conformidad.
Se trata de un fenómeno psicológico universal: el individuo tiende a adaptarse al grupo por seguridad, aceptación o miedo al conflicto. Esta conformidad, cuando se asienta, es vivida como decisión personal, no como imposición externa.
Esto explica por qué un adepto del LHP puede desviarse del individualismo sin advertirlo: Siente que el sistema le guía y que está ganando una experiencia que no puede hallar en otro lugar, confunde obediencia con compromiso, interpreta la sumisión como respeto, teme al esfuerzo del cambio y se refugia en la comodidad del hábito, le cuesta o le avergüenza decir “no”.
De este modo, la víctima, poco a poco sustituye su voluntad por la voluntad del grupo, perdiendo gradualmente la capacidad de reflexión crítica.
Cuando un individuo decide que quiere desarrollarse personalmente, crecer y aprender, debe tener claro que ello requiere un esfuerzo y un trabajo. Por ello, es importante que valore, previamente a involucrarse en la experiencia, si ese esfuerzo y trabajo le va a compensar en los resultados obtenidos o será mayor que la satisfacción derivada del acto. En este sentido, en muchas ocasiones, la causa última del proceso de verse absorbido por un grupo no es el dogma, ni el líder, ni la estructura, sino el miedo: El miedo al dolor del cambio, el miedo al sufrimiento que provoca el esfuerzo de crecer, de pensar por uno mismo y a la incertidumbre que conlleva la libertad real.
No es esfuerzo ni no duele. Y todo trabajo personal requiere un esfuerzo. El desarrollo personal provoca dolor.
La pérdida del individualismo dentro del LHP muestra que la libertad no se garantiza con la retórica, sino con la vigilancia constante del sujeto sobre sí mismo. Una orden que exige obediencia contradice el fundamento del Sendero de la Mano Izquierda. Un individuo que renuncia a su criterio renuncia a su carne.
Por el contrario, una práctica mágica donde la comunidad no suplanta, sino que sostiene y apoya, donde el grupo no gobierna, sino que acompaña, donde la voluntad individual no se diluye, sino que se fomenta, es el modo más eficaz (y único, se podría afirmar) de lograr la autodeterminación y el desarrollo personal.


