SOS: Frecuencia Abierta

SOS2

Existen estaciones de radio que funcionan como centros de coordinación de rescate, especialmente en zonas montañosas y de difícil acceso. En Europa, y particularmente en regiones alpinas, estas estaciones han operado históricamente como puntos de recepción de señales de socorro, retransmisión de emergencias aeronáuticas y enlace entre aeronaves, servicios de búsqueda y equipos de rescate terrestres. Su función principal no es ejecutar el rescate, sino confirmar la señal, registrar la emergencia y activar los protocolos correspondientes.

Esta estación era pequeña, no figuraba en los mapas técnicos. Era uno de esos lugares que existen porque algún alto funcionario, en algún despacho, decidió que debía existir. Una construcción baja, de hormigón severo, encajada entre montañas que no parecían haber sido pensadas para la aviación ni para el optimismo.

Su función era sencilla y, en teoría, incuestionable: recibir señales de socorro en una zona de los Alpes donde la orografía y el clima convertían cualquier error en definitivo. No salvaba vidas por sí misma, pero era el primer eslabón de una cadena que, cuando funcionaba, podía hacerlo.

El joven llegó en invierno. Siempre llegaban en invierno. Había leído los informes, conocía las estadísticas de desapariciones aéreas y asumía el riesgo que presentaba la zona. De hecho, entre el gremio, era un territorio conocido, con más sorna que nobleza, como el “Triángulo de las Bermudas europeo”, dado que se rumoreaba que más de un avión había desaparecido sobrevolando el área. Por el contrario, una vez llegó a su nuevo destino laboral el tono con el que los veteranos y nuevos compañeros hablaban del lugar no fue similar. No era miedo exactamente. Era algo más cercano a una cortesía supersticiosa, como quien baja la voz en campo sagrado.

—Aquí no se responde a todo —le dijeron el primer día, con una seriedad casi burocrática—. Hay llamadas que no son para nosotros.

Fue entonces cuando le hablaron del “Accidente” que ocurrió en 1979: Un avión comercial, tormenta severa, impacto en una zona inaccesible. Pocos muertos inmediatos. Demasiados supervivientes como para ignorarlos. Durante horas, la estación recibió llamadas de auxilio. Durante días. El rescate nunca llegó. El clima, dijeron. La montaña, dijeron. El protocolo, dijeron. No era posible acceder allí, dijeron. Los supervivientes murieron hablando por radio.

Desde entonces, explicaron, en ciertos días, siempre con tormenta, siempre con el mismo tipo de presión atmosférica, la estación recibía señales. Voces. Coordenadas imposibles. Peticiones reiteradas de ayuda. Las llamaban las llamadas del 79.

—No contestes —le advirtieron—. Si lo haces, te escuchan. Le das falsas esperanzas. Los haces sufrir. No permites que descansen en paz, como deberían. Como los muertos. Como los muertos que descansan den paz.

El joven, ante este relato, sonrió con educación. El sentido común no suele discutir con las tradiciones ajenas en su primer día de trabajo.

Pasaron las semanas. Pasaron los meses. Y llegó una noche de clima hostil.

La señal entró con una claridad inquietante. Voz masculina. Jadeante. Técnica, precisa. Daba rumbo, altitud, daños estructurales. No hablaba como un fantasma. Hablaba como un piloto entrenado.

Los veteranos intercambiaron miradas tensas.

—Es otra vez —dijo uno—. Siempre igual.

El joven revisó los registros. Frecuencia limpia. Sin interferencias. Señal actual.

—Esto no es posible —murmuró—. El avión del setenta y nueve no puede emitir así.

—No empieces —respondieron—. Todos dijeron lo mismo al principio.

La voz insistía. Enumeraba heridos. Pedía confirmación. Pedía instrucciones.

Entonces, el joven entendió.

—Tenemos que activar rescate —dijo—. Ahora.

Nadie se movió.

—Si respondes —le dijeron—, empeoras las cosas.

La señal continuó durante veinte minutos. Luego cesó. Siempre cesaba. El supervisor anotó la incidencia bajo el mismo epígrafe de siempre: 79. Interferencia recurrente. Origen indeterminado.

El joven miró el panel, las luces, los equipos perfectamente calibrados. Abrió el micrófono. Dijo:

—Aquí estación de coordinación. Señal recibida.

No obtuvo respuesta. Únicamente, la voz tenue de un compañero comentó que el 79 estaba especialmente activo ese año.

La solicitud fue archivada. La frecuencia quedó abierta.

Pocos días más tarde, la prensa habló de otro avión desaparecido en los Alpes. Sin restos. Sin explicación.

El joven pidió el traslado. La solicitud fue archivada. La frecuencia quedó abierta.

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Carnis Templi Ordo (CTO)
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